ABRIL, 2018

Por Andrea.

No hace falta que os diga que con niños pequeños no hay dos días iguales; todo lo que ocurre es una aventura nueva tanto para ellos como para las mamás y papás que observamos, estupefactos, las habilidades naturales de estos enanitos que llenan de magia -pipís mágicos, cacas mágicas, noches en vela mágicas…- nuestros alegres hogares.  

Ayer a las 15-45 de la tarde salí del trabajo para ir a recoger a mis niños. Tengo una regla sagrada que está por encima de agendas, reuniones, clases, compras, limpieza y demás tareas posibles: Ir a recoger a mis dos polluelos al cole.

Así que cogí mi coche-oficina-almacén-taxi-guardería-carro del supermercado, me senté frente al volante, sentí el crujir de algo bajo mis pies (¿por qué siempre cruje la alfombra del coche?) y me dispuse a experimentar la situación de permanecer sentada más de cinco minutos: Auuuuuuummmmm. Puse la llave de contacto, arranqué, salí disparada del parking y me dirigí al cinturón de ronda para encontrarme con el adorable embotellamiento que me permite atender las llamadas de trabajo de la tarde sin el audio de niños gritando. Parecerá una locura pero necesito estos retales de tiempo para poder encajar todas mis obligaciones diarias.

Ante mi asombro no se produjo llamada alguna lo que me permitió hacer algo insólito: Reflexionar. Reflexionar sobre la vida de todas las madres como yo.

¿Lo estamos haciendo bien? ¿Necesitan nuestros niños más atención de la que les damos? ¿Cómo viven ellos nuestro estrés permanente? ¿Vale la pena ir tan de bólido para asegurarles un futuro? ¿…o deberíamos centrarnos en el presente y prescindir de trabajar fuera de casa a riesgo de desbaratar la economía familiar? Esto tengo que debatirlo con personas inteligentes que se encuentren en mi misma situación.

Al llegar al cole me abalancé sobre mis dos amores, abrazándoles, oliéndoles, tocándoles el pelo, besándolos; sintiéndome la mamífera hembra que soy mientras mis cachorros no paraban de contarme cosas con los ojos muy abiertos y una sonrisa enorme. Tras el momento “documental africano sobre el amor de las mamás elefantas hacia sus crías”, volví a la realidad y les hice subir al coche rápidamente para llegar a tiempo a sus clases de natación, pero una vez en sus sillitas, decididos y orgullosos, mis autónomos niños procedieron a iniciar la operación de abrocharse los cinturones ellos solitos, tal como su papá y yo les incitamos a hacerlo desde que tienen uso de razón.

En aquel preciso momento empezaron a sonar una tras otra, las llamadas que había estado esperando. No podía contestar con los niños hablando por los codos y si no arrancaba el coche llegaríamos tarde a las clases.

¿Qué hacer con mis lentas y ruidosas criaturas?

¿Les coloco yo el cinturón y les hago callar para poder atender a mis proveedores en silencio mientras me dirijo a la piscina? ¿Paso de las llamadas de trabajo y de mi rigurosa puntualidad y me dedico con amor y paciencia a alentar a mis pequeños en su esfuerzo por superarse a si mismos…?

Me temo que la respuesta correcta es la segunda pero también que posiblemente acabe optando por la más práctica que es sin duda, la primera. ¿Qué hacéis vosotras en situaciones como ésta? That’s the question.

Andrea Zazurca es una mamá de dos niños muy interesada en la autonomía infantil. Sus consultas con expertos y la necesidad de encontrar herramientas que le facilitarán el camino la llevó a crear la marca Little champions con su socia y futura mamá cohete, Magda.

En sus poquísimos momentos libres escribe estos pequeños artículos para compartirlos con todas las madres y padres en su misma situación, debatirlos, y ayudarse unos a otros con sus experiencias y diferentes puntos de vista.

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